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السلام عليكمLa paz sea con ustedes 
Nuestro Maulana

مولانا

Maulana Abd al-Haqq ʿIyad ibn Yusuf

Que Allah tenga misericordia de él. Vértice de nuestra tarīqa shadili-darqawi-ʿiyadiya, maestro de maulana Yahya al-Kanadi. Falleció en Guanajuato, México, en el año 2001.

Aunque los detalles precisos de su vida se han perdido en el tiempo, el testimonio de sus enseñanzas y el eco de su sabiduría siguen iluminando el sendero espiritual de nuestra tariqa shadili-darqawi-ʿiyadiya. Nacido en una tradición que se remonta a los grandes maestros del dhikr, desde Ibn Ata’illah al-Iskandari hasta Abu Abdullah Muhammad ad-Darqáwi, Maulana Abd al-Haqq ʿIyad ibn Yusuf (que Allah tenga misericordia de él) se erigió como un nodo fundamental en la cadena ininterrumpida de la sabiduría sufí. Fue maestro de mi maestro, Maulana Yahya al-Kanadi, y su influencia se extendió más allá de las fronteras de su país, marcando a tres generaciones de buscadores.

Maulana ʿIyad forjó su camino en los Estados Unidos, un territorio que le brindó el escenario para cultivar y difundir las enseñanzas del sufismo, alejándose de las ataduras materiales (a pesar de que él y su familia estaban bien acomodados) para dedicarse por completo a la transmisión del conocimiento espiritual. Se cuenta que, hacia el ocaso de su vida, recibió una herencia sorprendente en monedas de oro y plata de sus padres no musulmanes. En lugar de sucumbir al brillo pasajero de la fortuna, eligió invertir en el bien supremo: la adquisición y diseminación de libros del din del Islam, que abrían puertas al recuerdo divino.

Durante su travesía espiritual, recorrió variados senderos, participando en círculos de conocimiento en Francia, Marruecos, Egipto y Makkah, y absorbiendo enseñanzas profundas en su tierra de acogida, Estados Unidos. Además, se formó como discípulo del influyente sheij Hamud al-Faransi, cuya tradición fue transmitida por maestros como Sheij Hasan ibn Abd al-Aziz y Sheij Abdul Wahid Yahya (más conocido por su anterior nombre René Guénon), ellos dos a su vez estudiantes de Sheij Ahmad ibn Mustafa al-Alawi y Sheij Abdul Hadi al-Aqili (antes llamado Iván Aguéli), respectivamente. Que Allah tenga misericordia de todos ellos.

Sin embargo, el destino quiso que su viaje final se cerrara en un lugar lleno de historia y cultura: Guanajuato, México. Allí, rodeado de la belleza de la arquitectura colonial y de un minúsculo grupo de seguidores, falleció en el año 2001, dejando un legado imborrable que sigue guiando a los poquísimos discípulos que buscan la esencia del Islam en nuestra tariqa.

Maulana ʿIyad adoptó, hacia el final de su vida, el madhhab Zahirí tras estudiar las obras de Ibn Hazm, y con ello reafirmó su compromiso con una senda de independencia espiritual, libertad de conciencia y sobriedad en la práctica del irfán (sufismo). En sus enseñanzas se fundían la profundidad del dhikr, el respeto por la cultura y la identidad de los no árabes, y la inquebrantable fe en que cada ser y cada instante son reflejos del Rostro de Allah. Para él, el mundo, lejos de ser una tierra de corrupción, se revela como un campo infinito de signos que invitan a recordar y amar al Creador.

Hoy, al evocar la vida de maulana ʿIyad, sentimos que su espíritu continúa vivo en los corazones de sus pocos pero firmes seguidores que se esfuerzan por transformar lo mundano en bendito. Su historia, forjada en tierras lejanas y consumada en las enseñanzas que dejó, nos invita a perseverar en el camino del dhikr y a honrar la cadena de maestros que nos han legado la luz del conocimiento.

Maulana ʿIyad solía iniciar el día rezando las sunnas de la oración del alba (fajr) en su terraza de una pequeña casa en San Miguel de Allende, mientras su asistente llamaba a la oración (adhan), después algunos alumnos llegaban (entre ellos mi maestro Yahya) y él les decía antes de comenzar la clase de ese día: ¡Oh viajero del camino, que tus pasos sean una eterna oración y que encuentres en cada latido el reflejo del Rostro de Allah! Bismillahi r-Rahmani r-Rahim y luego comenzaba.

«¡Oh viajero del camino, que tus pasos sean una eterna oración y que encuentres en cada latido el reflejo del Rostro de Allah!»

Saludo con el que maulana ʿIyad abría sus clases